demografía asistida

11 \11\UTC octubre \11\UTC 2012

Con esa exactitud tan característica de la ciencia, fue trazando líneas rojas en el mapa de una población remota. Así, uno a uno, iba marcando los barrios que, conforme a su programación neuronal, debían desaparecer aquella noche para permitir, al resto de la población orgánica, un disfrute de los recursos similar al que hubo antes del problema. Al terminar, entregó el plano al Departamento de Mortalidad y salió del Centro de Control Demográfico rumbo a su casa en el distrito mixto que, aunque él lo ignoraba, había sido marcado en rojo por otro androide de una ciudad lejana.

cuatro menos dos

7 \07\UTC diciembre \07\UTC 2011

El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso.
—No seas tonta, ¿para qué convencerlo? Es nuestra oportunidad, nos lo quitaremos de encima como hicimos con el otro.
—No podemos, nos hace falta, si no, ¿quién hará su trabajo?
—Nosotras lo haremos, tendremos el control.
—Pero… ¿cómo sé que no harás lo mismo conmigo? que me quede dormida y…
—Como se nota que eres zurda. Nos necesitaremos, cada una tendrá que mover una rueda de la silla.

la prima juana

2 \02\UTC noviembre \02\UTC 2011

Como tantas veces había hecho de niño, me escondí en el armario de la abuela. El funeral de la prima Juana nos había refrescado muchos recuerdos, muchos secretos que guardar o, más bien, el secreto; los primos y yo llevábamos años temiendo ese día. Escuché al tío Andrés cerrar el portón por fuera y la casa quedó en silencio. Un momento después, un inconfundible aroma a lavanda inundó el armario y, entonces sí, empezó a sonar la misma cantinela que tiempo atrás nos heló la sangre: ‘un, dos, tres, a las tinieblas jugaréis, cuatro, cinco, seis, de Juana no escaparéis’.

semillas estériles

5 \05\UTC enero \05\UTC 2011

Una semilla en esta tierra desolada arde con mirarla, donde en otro lugar podía haber una esperanza, aquí solo hay cenizas de vida. Nuestras sombras encorvadas vagan bajo el sol de estos campos yermos. Sin mirarnos a los ojos, nos arrastramos despacio, para acallar el ruido de las cadenas, para no enloquecer. En las grietas de este suelo no puede crecer nada, y es que no hay mejor lugar para escondernos de ellos ahora que ya no necesitamos comer.

 

ajuste de cuentas

6 \06\UTC noviembre \06\UTC 2010

Rodolfo piensa a menudo en los acontecimientos que evitó, se pregunta si alguna de las personas que mató pudiera, por ejemplo, haber tenido un hijo que descubriese una cura contra el cáncer o si aquel lotero pudo haberle vendido un décimo millonario las navidades pasadas de no haber acabado así sus días, o si aquel taxista enganchado al juego podría haberle atropellado en rutinario accidente de moto. Saborea su tostada con aceite y jamón en su luminosa cocina sin quitar ojo del móvil donde otro encargo llegará hoy. Bebe un sorbo de café cuando, a traición, las caras de esos fantasmas le asaltan, a veces pasa, pero sabe qué hacer.  Cierra los ojos con profesionalidad y piensa en azul, azul turquesa, y en un instante está en esa playa de Venezuela que tanto le gustó y la sangre se transmuta, como por arte de magia, en agua limpia. Ha perdido el apetito, pero le quedan dos bocados escasos y sabe que dejarlos sería claudicar, ser débil, de modo que engulle el resto de su tostada todavía con la arena del Caribe en la cabeza, pero algo va mal, tose;  vuelve a toser y traga a la vez. Va notando como se congestiona y se hinchan sus ojos. Intenta sacarse con los dedos el trozo de jamón que obstruye su garganta, pero no llega y sólo consigue una arcada con sordina, apenas tiene fuerza ya para golpearse el pecho. Rodolfo siente tenuemente caer su frente derrotada contra el plato aceitoso. Instantes después, de bruces en una playa ensangrentada,  escucha el sonido de su móvil a lo lejos.

 

comida familiar

22 \22\UTC septiembre \22\UTC 2010

Y dio otro bocado.
–Esto no es necesario –murmuró ella con los ojos todavía llorosos.
–Entonces no comas –contestó él rebañando un poco más el hueso.
–Por favor, deja de comer –le suplicó con un hilito de voz.
–Se lo advertí, les dije que lo haría –respondió sin mirarla–. Yo cumplo mis promesas, ya lo sabes –añadió  alargando su mano hasta otro pedazo carne.
Ella rompió a llorar. Se levantó de la mesa lentamente y arrastró sus pies por el pasillo, en  el nuevo y extraño silencio de la casa.

secreto de ibérico

9 \09\UTC junio \09\UTC 2010

La carne rebozada fría no vale nada. Come — le urgió Arts.
—Está deliciosa y la guarnición de bellotas exquisita —se rindió Gurst— ¿Qué parte es?
—Secreto, secreto de ibérico. Era un animal magnífico, fuerte, esbelto, nos dio mucha pena matarlo, tenía una mirada tan dulce…
—Dulce sí que está. Échame un poco más —pidió Gurst—. Entonces, ¿cómo va el negocio?
—Nos los quitan de las manos, mandamos un camión al matadero cada semana —confesó Arts triunfante.
—Te dije que montar una granja de humanos ibéricos era un negocio redondo —gruñó Gurst— ¿Puedo repetir?

sonrisa de guerra

12 \12\UTC mayo \12\UTC 2010

La mujer de la foto sonreía a pesar de estar harapienta y sucia, a pesar de haber perdido a su familia en los restos del bombardeo que humean tras su espalda y a pesar de que el ejército ha tomado la ciudad y sabe lo que les hacen a las mujeres. Es probable que sólo sonría porque el autor de la fotografía es un soldado enemigo y quiera, de alguna forma, mostrarse digna, aunque, seguramente, el verdadero motivo por el que sonríe es que el fotógrafo no ha reparado todavía en que, al final de su mano cerrada, sobresale la punta oxidada de un cuchillo.

	La mujer de la foto sonreía a pesar de estar harapienta y sucia, a pesar de haber perdido a su familia en los restos del bombardeo que humean tras su espalda y a pesar de que el ejército ha tomado la ciudad y sabe lo que les hacen a las mujeres. Es probable que sólo sonría porque el  autor de la fotografía es un soldado enemigo y quiera, de alguna forma, mostrarse digna, aunque, seguramente, el verdadero motivo por el que sonríe es que el fotógrafo no ha reparado todavía en que, al final de su mano cerrada, sobresale la punta oxidada de un cuchillo.

la última

5 \05\UTC mayo \05\UTC 2010

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared de la casa probamos con todo: cubos de sangre mezclada con vísceras de animales, terneros vivos, incluso crucifijos, pero fue inútil. Nadie que esté vivo les ha visto. Uno sabe que vienen porque las lechuzas callan esa noche, luego llegan al alba, arrasando con las cosechas y enfermando con esas llagas negras al ganado, nada les ha podido mantener alejados, nada salvo ellas. Esta fue una noche silenciosa; cuando salimos por la mañana se la habían llevado. Tardarán unos meses en volver, pero no sé qué haremos ahora que sacrificamos a la última niña.

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared de la casa probamos con todo: cubos de sangre mezclada con vísceras de animales, terneros vivos, incluso crucifijos, pero fue inútil. Nadie que esté vivo les ha visto. Uno sabe que vienen porque las lechuzas callan esa noche, luego llegan al alba, arrasando con las cosechas y enfermando con esas llagas negras al ganado, nada les ha podido mantener alejados, nada salvo ellas. Esta fue una noche silenciosa; cuando salimos por la mañana se la habían llevado. Tardarán unos meses en volver, pero no sé qué haremos ahora que sacrificamos a la última niña.

condenada foto

5 \05\UTC mayo \05\UTC 2010

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared, sobre el cerco que había dejado entre las otras fotos familiares, habían pasado veinte años y un día.

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