oxímoron

16 \16\UTC noviembre \16\UTC 2011

Muerto pero mío,  pensó mientras entraba en la sala y se sentaba frente al gran televisor.  Tras unos minutos viendo una sucesión de sombras correr por la pantalla se cortó la imagen y sobrevino un insoportable silencio. Sus colaboradores le sostenían a duras penas la mirada. Por fin, una voz distorsionada repetía con profesional claridad: ‘Geronimo E-K-I-A’. Los gritos de júbilo de militares y políticos inundaros la sala, mientras el Premio Nobel de la Paz sonreía con satisfacción.

la prima juana

2 \02\UTC noviembre \02\UTC 2011

Como tantas veces había hecho de niño, me escondí en el armario de la abuela. El funeral de la prima Juana nos había refrescado muchos recuerdos, muchos secretos que guardar o, más bien, el secreto; los primos y yo llevábamos años temiendo ese día. Escuché al tío Andrés cerrar el portón por fuera y la casa quedó en silencio. Un momento después, un inconfundible aroma a lavanda inundó el armario y, entonces sí, empezó a sonar la misma cantinela que tiempo atrás nos heló la sangre: ‘un, dos, tres, a las tinieblas jugaréis, cuatro, cinco, seis, de Juana no escaparéis’.

ciudad jardín

6 \06\UTC junio \06\UTC 2011

La primavera entró ese año rara, podía haber ocurrido como cualquiera de los anteriores, con el olor a polen de los primeros días de Abril o con una canción de Ruibal, pero no, fue al abrir el grifo del lavabo. Sin más, empezaron a brotar todo tipo de flores, primero margaritas, luego amapolas, peonías y cuando trataba de cerrar el grifo manaban delicadas orquídeas. Rápidamente comprobé el resto de los grifos y, cambiando colores y especies, todo era igual. Abrí las ventanas para que saliera la mareante mezcla de perfumes y, al salir al balcón, pude ver como en el resto de los edificios salían por las ventanas cascadas de flores. Los vecinos también asomados compartían la misma estupefacción con sonrisas estúpidas y risitas nerviosas. Aquello fue rápido, al caer la noche una maraña de tallos, pétalos y hojas cubría la ciudad. Unas semanas después el olor de nuestros cuerpos putrefactos era apenas perceptible sobre la fragancia de la nueva ciudad jardín.

mariela

9 \09\UTC febrero \09\UTC 2011

clara varela

esta fue mi participación en la iniciativa de Clara Varela, escríbeme una ilustración, preciosa imagen, Clara

 

Mariela era era la mujer más bella de la cordillera y, por supuesto, la más deseada. Pero a Mariela nunca le robaron el corazón, cuando conocía a alguien que le gustaba y detectaba la menor posibilidad de peligro se daba la vuelta y salía corriendo. Cuando llegaba a casa, guardaba los besos que no había dado en una bolsa de besos, son parecidas a esas que uno usa para calentarse los pies en la cama, sólo que más gruesas porque deben resistir más temperatura. Para Mariela eso era suficiente, por las noches se ponía la bolsa en el pecho y se quedaba dormida al calor de las vidas posibles junto a aquellos hombres. Pero pasaron los años y Mariela notaba que la bolsa se iba enfriando, pensó que tal vez echando un poquito de agua caliente compensaría el calor perdido, pero eso hacía que las imágenes al acostarse fueran cada vez más débiles; otro día se le ocurrió hablar con un extraño en un bar, pero al llegar a casa encontró que no había nada que meter en la bolsa; desesperada probó incluso a meterla en el microondas, pero entonces los recuerdos se hacían ya demasiado lujuriosos para su edad. Y así fueron pasando inviernos y el frío se iba apoderando de Mariela, hasta que una noche juntó el valor para hacerlo. Dejó correr el grifo de agua caliente y se metió, poco a poco, en la bañera. Estuvo un buen rato hipnotizada, observando, en la penumbra de las velas, cómo la bolsa flotaba vacilante entre sus rodillas. Lentamente, la botella navegó hasta encallarse en su barbilla. Mariela la tomó entre su pecho una última vez y aflojó muy despacio su tapón, luego cerró los ojos y derramó el contenido, hasta que no quedó nada en su interior.


el trago

2 \02\UTC febrero \02\UTC 2011

La bala, en la sien y la culpa, al vaso, así se lo enseñaron y así había intentado transmitir el oficio a su hijo que ahora, sin embargo, le apuntaba con una 9mm; siempre le aconsejó que trabajase con revólver, aunque tampoco en eso le había hecho gran caso. ‘Haz lo que debas’, le retó brindando al aire, pero el primer disparo hizo estallar el vaso. Cuando los cristales dejaron de tintinear, le apuntó al pecho y… click. ‘Estos nunca se encasquillan’, sacó su revólver del gabán y encañonó su propia sien, ‘hijo, ya no hay vaso’, sentenció antes de dispararse su última bala.

 

semillas estériles

5 \05\UTC enero \05\UTC 2011

Una semilla en esta tierra desolada arde con mirarla, donde en otro lugar podía haber una esperanza, aquí solo hay cenizas de vida. Nuestras sombras encorvadas vagan bajo el sol de estos campos yermos. Sin mirarnos a los ojos, nos arrastramos despacio, para acallar el ruido de las cadenas, para no enloquecer. En las grietas de este suelo no puede crecer nada, y es que no hay mejor lugar para escondernos de ellos ahora que ya no necesitamos comer.

 

ajuste de cuentas

6 \06\UTC noviembre \06\UTC 2010

Rodolfo piensa a menudo en los acontecimientos que evitó, se pregunta si alguna de las personas que mató pudiera, por ejemplo, haber tenido un hijo que descubriese una cura contra el cáncer o si aquel lotero pudo haberle vendido un décimo millonario las navidades pasadas de no haber acabado así sus días, o si aquel taxista enganchado al juego podría haberle atropellado en rutinario accidente de moto. Saborea su tostada con aceite y jamón en su luminosa cocina sin quitar ojo del móvil donde otro encargo llegará hoy. Bebe un sorbo de café cuando, a traición, las caras de esos fantasmas le asaltan, a veces pasa, pero sabe qué hacer.  Cierra los ojos con profesionalidad y piensa en azul, azul turquesa, y en un instante está en esa playa de Venezuela que tanto le gustó y la sangre se transmuta, como por arte de magia, en agua limpia. Ha perdido el apetito, pero le quedan dos bocados escasos y sabe que dejarlos sería claudicar, ser débil, de modo que engulle el resto de su tostada todavía con la arena del Caribe en la cabeza, pero algo va mal, tose;  vuelve a toser y traga a la vez. Va notando como se congestiona y se hinchan sus ojos. Intenta sacarse con los dedos el trozo de jamón que obstruye su garganta, pero no llega y sólo consigue una arcada con sordina, apenas tiene fuerza ya para golpearse el pecho. Rodolfo siente tenuemente caer su frente derrotada contra el plato aceitoso. Instantes después, de bruces en una playa ensangrentada,  escucha el sonido de su móvil a lo lejos.

 

la búsqueda

13 \13\UTC octubre \13\UTC 2010

Algunos lloran y llaman patéticamente a su madre, (yo lo hice la primera vez), pero la mayoría aprietan los dientes y muerden la poca vida que les queda. Es rápido, una vez que te preguntan si quieres venda todo va cuesta abajo. Fui fusilado dieciséis veces por cuatro ejércitos a lo largo varias guerras, reconozco que llegó a ser adictivo, pero la soledad me hizo pasarme al otro lado. Después de otras tantas batallas y haber ejecutado al menos doscientos hombres, esta noche, entre los cadáveres, alguien vuelve a la vida, parece que por fin he encontrado un semejante.

 

 

 

reencuentro

13 \13\UTC octubre \13\UTC 2010

Algunos lloran, otros en cambio maldicen, pero la mayoría callan, albergando en secreto la certeza de que la pesadilla se desvanecerá de un momento a otro. Algunos días, como hoy, yo también lloro, es sólo una pequeña lucha, apenas unos segundos en los que llego a creer que lo lograré, que no accionaré el interruptor, que por fin el orgullo me sacará de aquí sin pensar en las consecuencias. Pero no, como se espera de mí, bajo la palanca y Joseph Felder, mi vecino y amigo de la infancia, se convulsiona absurdamente en la silla y, otra vez, vuelve ese olor.

 

 

 

comida familiar

22 \22\UTC septiembre \22\UTC 2010

Y dio otro bocado.
–Esto no es necesario –murmuró ella con los ojos todavía llorosos.
–Entonces no comas –contestó él rebañando un poco más el hueso.
–Por favor, deja de comer –le suplicó con un hilito de voz.
–Se lo advertí, les dije que lo haría –respondió sin mirarla–. Yo cumplo mis promesas, ya lo sabes –añadió  alargando su mano hasta otro pedazo carne.
Ella rompió a llorar. Se levantó de la mesa lentamente y arrastró sus pies por el pasillo, en  el nuevo y extraño silencio de la casa.

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