la prima juana

2 \02\UTC noviembre \02\UTC 2011

Como tantas veces había hecho de niño, me escondí en el armario de la abuela. El funeral de la prima Juana nos había refrescado muchos recuerdos, muchos secretos que guardar o, más bien, el secreto; los primos y yo llevábamos años temiendo ese día. Escuché al tío Andrés cerrar el portón por fuera y la casa quedó en silencio. Un momento después, un inconfundible aroma a lavanda inundó el armario y, entonces sí, empezó a sonar la misma cantinela que tiempo atrás nos heló la sangre: ‘un, dos, tres, a las tinieblas jugaréis, cuatro, cinco, seis, de Juana no escaparéis’.

el trago

2 \02\UTC febrero \02\UTC 2011

La bala, en la sien y la culpa, al vaso, así se lo enseñaron y así había intentado transmitir el oficio a su hijo que ahora, sin embargo, le apuntaba con una 9mm; siempre le aconsejó que trabajase con revólver, aunque tampoco en eso le había hecho gran caso. ‘Haz lo que debas’, le retó brindando al aire, pero el primer disparo hizo estallar el vaso. Cuando los cristales dejaron de tintinear, le apuntó al pecho y… click. ‘Estos nunca se encasquillan’, sacó su revólver del gabán y encañonó su propia sien, ‘hijo, ya no hay vaso’, sentenció antes de dispararse su última bala.

 

ensayo-error

8 \08\UTC septiembre \08\UTC 2010

Papá solía morirse dos veces al día, siempre en calles principales, repletas de gente. Sin más, fingía un infarto y caía al suelo como un saco, esperaba un minuto y se levantaba como si tal cosa. Lo hacía perfecto, pero se enfadaban mucho: las señoras chillaban y los hombres le decían cosas. Nadie sabía apreciar lo que hacía papá… hasta ayer, cuando, en la muerte de la tarde, se acercó por fin una mujer que le susurró entusiasmada: ‘Estuviste magnífico, pero ahora tienes que despedirte’. Papá empezó a llorar de contento y yo aplaudí mucho. Luego les dije adiós con la mano. Ojalá fuera mamá.

Papá solía morirse dos veces al día, siempre en calles principales, repletas de gente. Sin más, fingía un infarto y caía al suelo como un saco, esperaba un minuto y se levantaba como si tal cosa. Lo hacía perfecto, pero se enfadaban mucho: las señoras chillaban y los hombres le decían cosas. Nadie sabía apreciar lo que hacía papá… hasta ayer, cuando, en la muerte de la tarde, se acercó por fin una mujer que le susurró entusiasmada: ‘Estuviste magnífico, pero ahora tienes que despedirte’. Papá empezó a llorar de contento y yo aplaudí mucho. Luego les dije adiós con la mano. Ojalá fuera mamá.

condenada foto

5 \05\UTC mayo \05\UTC 2010

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared, sobre el cerco que había dejado entre las otras fotos familiares, habían pasado veinte años y un día.

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