el viaje del unicornio

6 \06\UTC abril \06\UTC 2011

Ella sabrá lo que hace, puede venir volando, como hace siempre, y buscarme a medianoche con ese tintineo que se oye cuando parpadea; o puede, en cambio, deslizarse bajo mi puerta y pasar toda la tarde mirándome con ese silencio de unicornio; o, tal vez, se acerque sin más, mientras me mece, a susurrarme en esa lengua imposible las cosas más bellas del mundo, pero haga lo que haga siempre sabe qué hacer, por eso ahora, cuando la vea, cuando el Chano me dé la papelina, yo también lo sabré.

 

un día de trabajo

16 \16\UTC junio \16\UTC 2010

Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros. Aparco la polvorienta furgoneta en la plaza y voy montando el puesto mientras siento las miradas a través de los visillos, así hasta que estoy listo. ‘Me enorgullezco de presentaros Barbitol, un producto extraordinario de concha de caracol andino y wasabi rojo, cura lo que curaron los hospitales, reuma, asma, artritis y tumores de todo tipo. Amigos, la ciencia ha renacido’. Cuando había liquidado la mitad de los botes una mujer me preguntó si podía pagarme en euros, siempre hay alguno que lo intenta, le contesté, como a todos, que hacía tiempo que ya sólo aceptaba oro.

el adiestrador de hombres

28 \28\UTC abril \28\UTC 2010

Cuando Ricardo tortura a un tipo no piensa en nada, sólo trabaja. Por la noche, normalmente se tumba junto a su mujer y duerme con esa agradable sensación que deja el cansancio físico. Hoy, sin embargo, le cuesta más. Durante un interrogatorio, el diente de un detenido se le clavó en el puño y traspasó el guante de latex, al parecer, el prisionero tiene una grave enfermedad infecciosa. Mañana le dan el resultado de la prueba. Ya en la cama, ella le nota inquieto y se ha dado la vuelta. Ha empezado a deslizar su mano bajo la goma del pantalón. Él se hace el dormido. Cuando ella vuelve a su lado, Ricardo mira la luz de las farolas que se cuela por las rendijas de la persiana. Se pregunta si ella seguirá creyendo que adiestra perros cuando le diga que le han contagiado el sida.

bucle infinito

31 \31\UTC marzo \31\UTC 2010

Imbéciles‘, reconoció su propia letra con dificultad, ‘es lo que somos. Hemos sido unos ilusos pensando que la medicación lo resolvería, pero ya viste todo lo que pasó. He decido solucionarlo, por fin seremos libres.’ De repente, tuvo consciencia de sujetar algo en la otra mano. La debilidad y la sorpresa le hicieron soltar el bote de tranquilizantes, que rodó por el suelo del dormitorio con un sonido hueco. La vista nublada apenas le alcanzó para leer la última frase: ‘Sólo espero que no exista la reencarnación, porque coincidiremos otra vez en el mismo cuerpo y tendré que volver a matarte’.

	'Imbéciles', reconoció su propia letra con dificultad, 'es lo que somos. Hemos sido unos ilusos pensando que medicación lo resolvería, pero ya viste todo lo que pasó. He decido solucionarlo, por fin seremos libres.' De repente, tuvo consciencia de sujetar algo en la otra mano. La debilidad y la sorpresa le hicieron soltar el bote de tranquilizantes, que rodó por el suelo del dormitorio. Con la vista nublada, apenas alcanzó a leer la última frase: 'El punto débil de mi plan es que, si existe la reencarnación, coincidiremos otra vez en el mismo cuerpo y tendré que volver a matarte'

los atardeceres de Pablo

20 \20\UTC enero \20\UTC 2010

Además me voy a chivar a mis padres. Devuélvemelas, ¡son mías!’, gritó Pablo, ‘Ni hablar, tú ya te las has tomado, me estás engañando’, le gritó el otro. ‘Cuando venga mi hermano, te va a hacer picadillo’, amenazó Pablo enrojecido ‘¡Tú no tienes hermanos!’, repuso el otro. Pablo ya estaba levantando la mano cuando apareció la cuidadora: ‘¿Qué pasa aquí? ‘Pero los dos se quedaron callados, inmóviles. Ella compuso un poco el pijama azul de Pablo y sus ojos se apagaron, y volvió esa mirada mansa que ella adoraba. ‘Eso es, ya pasó, Pablo’, le tranquilizó pasando con dulzura su mano por los escasos cabellos blancos.

destinada

19 \19\UTC noviembre \19\UTC 2009

Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina vuelvo a lugares de mi vida, como cuando escondí el pudor bajo la cama de la primera vez, o cuando restregué mi orgullo en la soberbia de mi ex-marido en aquella cafetería en la que siempre mojo la tristeza en leche caliente, también cuando mis hijos casi se terminan mi buen humor aquella tarde que el monte se los comió unas horas, o las veces que he invocado a mis amigos para aliñar ensaladas mustias. Todo esto me ronda mientras recojo el papel con el membrete del departamento de oncología y lo dejo donde las cartas, junto a la publicidad.

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