chocolate caliente

4 \04\UTC enero \04\UTC 2012

La última alma humana se enfundó su abrigo rojo y salió de la fábrica caminando bajo su paraguas de plástico transparente. Como de costumbre, había vuelto a pasar desapercibida entre ellos. Al llegar a casa, abrió todas las ventanas y, con la misma escuálida esperanza de cada noche, preparó chocolate caliente. Tomó la taza entre sus manos y, mientras terminaba de rezar al último dios de los humanos, sonó el timbre. Se dirigió a la puerta con piernas temblorosas. Cuando por fin se atrevió a abrir, sólo pudo derrumbarse: las máquinas habían aprendido a oler.

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